De la incertidumbre al misterio (pasando por el dolor)

Es cierto que a muchas nos ha golpeado la realidad con este asunto del coronavirus. Cuando me refiero a la realidad quiero decir a esa parte de la realidad que no queremos ver, a lo incontrolable del mundo en el que vivimos, a lo inesperado, al ingrediente imprescindible de toda vida: la incertidumbre.

Y eso me hace reflexionar sobre la vida como acto creativo: tanto para la vida como para la creatividad, la incertidumbre es imprescindible. Sin un resultado abierto, imprevisible, todo siempre sería lo mismo, todo sería predecible, nada cambiaría en realidad. Incluso me pregunto si tendríamos conciencia de nosotros mismos —ese preciado tesoro y maldición de los humanos—ya que sin matices, sin movimiento, sin cambios, nada habría para observar, para ser consciente de ello.

Y he aquí que vivimos en una sociedad donde no sé qué nos angustia más, si la propia incertidumbre o el hecho de que la mantengamos invisible socialmente. Un poco como la muerte: está ahí, pero no le hacemos mucho caso, no la tenemos en cuenta, simplemente llega y nos sorprende, como si fuésemos inmortales hasta que el momento de morirnos. Absurdo, ¿no? Pero en el fondo es como vivo y veo que otras personas viven a mi alrededor.

En esa invisibilidad de la incertidumbre, en esa necesidad de que todo tenga un resultado programado con antelación, la vida se va reduciendo, se va retirando a rincones alejados de la luz, ignorados por la conciencia, no visitados por el aire fresco del exterior, del mundo real. Vamos acumulando objetos físicos, emocionales y mentales que no tienen una utilidad clara, pero que contribuyen a fortalecer nuestra idea del mundo, nuestra necesidad de linealidad, nuestra incapacidad de respuesta auténtica a lo real frente a lo imaginado. Y cuando un pequeño rayo de luz se abre paso a través de tanto trasto acumulado e ilumina —aunque sea indirectamente— uno de esos rincones, lo que solemos hacer es negar lo que allí aparece, lo que la claridad muestra. Nos pasa con la sobre-explotación de recursos, con el cambio climático. Y con nuestra propia vida.

Entonces, cuando de repente la claridad se hace incontestable y parte de la realidad antes oculta en los rincones se impone —al menos frente a nuestros ojos— miramos a nuestro alrededor y vemos que nadie ve lo que nosotros vemos, nadie parece percibir esa extraña muestra de que el mundo, nuestra existencia, tiene vida propia más allá de nuestro constructo mental, de nuestra imagen petrificada, de aquello que hemos convenido entre todos que es, pero que no nos hemos tomado el tiempo de comprobar objetivamente. Y es por eso que digo que hay una angustia añadida a la de la propia incertidumbre y que esta es el hecho de no poder nombrarla, de no ser capaces de verla reflejada en la expresión del otro. Porque todos estamos ocupados en ocultarla, en desterrarla, en sacrificarla por el bien de un reflejo imaginado en la superficie del agua.

Por mi propia experiencia, cuando limpio poco a poco la estancia en la que me encuentro, retiro aquellos muebles que solo estaban allí por adornar, por dar el aspecto de que todo estaba como debía de estar, entonces puedo ver con claridad lo inesperado, lo que no sabía que estaba, lo que me da una imagen distinta del lugar donde vivo. Ese paso es imprescindible, a pesar de la angustia y de la inseguridad. Porque luego, al mirar hacia fuera, veo cómo los rayos de luz iluminan la incertidumbre en las caras de los que me rodean —aunque ellos no la vean— y dejo de sentir la angustia de creer que soy el único que la percibe. Me tranquilizo. Y solo entonces siento el dolor, el dolor de estar vivo, de abrirme paso a través de todo lo espeso de la existencia, de haber roto el encanto, de sentirme vulnerable, de saberme frágil. Aunque inesperado, lo cuido. Y pasa. Porque cuando dejamos a las situaciones y las emociones ser y fluir, pasan.

En última instancia la incertidumbre es parte de la vida y de la muerte. Porque al final solo tenemos clara una cosa, nuestra vida va a llegar a su fin, va a acabar con la muerte —por no andarme por las ramas—. Lo que no sabemos, lo que no tenemos capacidad para controlar, es aquello que va a ocurrir mientras tanto. Pero podemos decidir qué queremos, sobretodo si sabemos qué es lo que tenemos.

En medio de todos los mensajes que se están enviando desde los gurús de uno u otro lado, espirituales, empresariales, políticos, sociales, del desarrollo personal o del mundo del espectáculo o lo que sea, me atrevo a confesaros algo: intuyo que esta pandemia no ha venido a traernos incertidumbre y no va a cambiar nada en nosotros mismos ni en el mundo en el que vivimos. Estaba ya todo aquí, lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable, lo deseable y lo no deseable, lo seguro y lo inesperado. Simplemente puedo darme cuenta de lo anterior o hacer como que no existe, como que está todo bajo control… bajo la alfombra. Pero si en realidad somos humanos, si en realidad estamos abiertos a ser creativos, a crear un futuro diferente… entonces vamos a tener que aceptar que nosotros no estamos al mando, que la vida pasa, que nuestra fortaleza está en la vulnerabilidad, la fragilidad, el coraje y la autenticidad. Y abrazar el misterio, mucho más importante que la incertidumbre.

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2 comentarios en “De la incertidumbre al misterio (pasando por el dolor)”

  1. Me ha gustado mucho tu reflexión. Has tenido el coraje, la valentía de permitir que el pensamiento se piense a si mismo hasta el final, y te has tomado el trabajo de ponerle palabras. Que el canto del amor sea permanente en nuestra vida pues cuando muramos será ahora. Gracias.

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    • Muchas gracias Carlos por tu comentario,
      Esta pequeña muestra de que lo que publico le ha llegado a alguien ya me provee de un excedente de razones para seguir haciéndolo.
      La vida será poema o no será, porque el resto ya es conocido y poca atención merece.
      Un abrazo.

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