Mi encrucijada ambiental

Influenciado por una serie documental que estoy viendo sobre el universo me estoy replanteando últimamente mis ideas sobre la protección del medio ambiente. Por supuesto que no es solo el contenido de este documental lo que me empuja en una u otra dirección, pero sí que es —como algunas cosas suelen ser— el disparador de una serie de reflexiones que han estado más o menos latentes durante un tiempo.

Lo primero es el verme enfrentado al hecho científico —y a la propia realidad experiencial— de que todo está en movimiento, todo cambia, nada se queda quieto esperando a que lo disfrutemos eternamente. A pequeña escala quizás es más fácil de comprobar, pero a nivel de planetas, estrellas, galaxias y miles de millones de años, la cosa se complica. La vida de un perro, por ejemplo, es algo que podemos vivir de una forma completa: desde su nacimiento a su muerte; y el impacto que produce en nosotros su existencia y su desaparición. La civilización en la que estamos inmersos, las costumbres y las tendencias de la época son actores más estables en nuestra vida, aunque sujetos a lentos y no siempre perceptibles cambios. Pero la simple vida sobre la Tierra es algo que de forma inconsciente damos por sentado que ha estado siempre y que siempre seguirá estando. Quizás porque supera con creces nuestra expectativa de vida y por lo tanto nuestro ángulo de visión. Quizás porque ni siquiera nos lo planteamos.

Me resulta realmente impresionante ver cómo incluso algo tan omnipotente en mi imaginario como el sol, es una estrella que se formó a través de un proceso que requiere de la desaparición de otro cuerpo celeste y que está en continua transformación. Nuestro planeta Tierra también se formó, probablemente, en un proceso que supuso el colapso gravitacional de parte de los desechos —polvo y gases— mayoritariamente surgidos tras la formación del sol. Para que algo nuevo se cree, algo debe desaparecer. Y todo sigue cambiando en el universo de forma más o menos predecible. Mañana mismo podríamos salir volando por el espacio debido a tantas razones que da pánico imaginar.

Todo lo anterior me hace ver mi preocupación por el cambio climático, el medio ambiente y todo lo que le estamos haciendo a nuestro planeta azul, de una forma más relativa. Ciertamente al final todo se acabará, todo cambiará, la misma biosfera de la Tierra y su atmósfera tiene fecha de caducidad. También sería cínico dejar esto aquí y justificar el instinto depredador de nuestra especie con cualquier razón superficial e interesada. En todo caso hay mucho más que rascar por esta senda.

Parto del hecho de que no vamos a poder hacer nada para que el universo deje de cambiar, para que se detenga el cambio climático y para mantener por siempre la vida sobre la tierra tal como la conocemos. Y algo que me parece importantísimo: ni yo, ni nadie, tenemos la responsabilidad de evitar ese desenlace. Esta idea alivia automáticamente una presión interior que sé que no soy el único que la vive. De ahí a justificar nuestro comportamiento irresponsable u obviar el problema y actuar como si nada pudiéramos hacer, hay un trecho. Entre otras cosas porque según la mayoría de estudios científicos, el cambio climático se está viendo tremendamente acelerado por el impacto de la transformación a la que nuestra especie está sometiendo al planeta que la sostiene. Así como el hecho de que me vaya a morir no justifica que viva una vida caótica y de descuido total de mi salud física, mental y emocional; así tampoco siento que el hecho de que la vida en la Tierra tenga una fecha de caducidad justifique que me comporte igual de irresponsablemente respecto al ser del que soy parte.

Somos parte del universo y por lo tanto somos agentes de cambio dentro de este. Esto, a estas alturas, no lo podemos negar. Nuestro propio desarrollo —e incluso existencia— implica que hagamos cosas que no tengan vuelta atrás. Esto es un hecho. La transformación de los metales, la extracción y combustión de petróleo y carbón, la polución atmosférica, los gases de efecto invernadero, el dejar inmensas cantidades de plásticos que probablemente no se degraden hasta que el planeta desaparezca como tal… Existe un impacto en todo lo que hacemos y no podemos evitar modificar el entorno en que vivimos, como no lo pueden evitar las combustiones de hidrógeno o helio en las estrellas. Podríamos volver a vivir como al comienzo del homo sapiens, incluso más allá, sin utilizar el fuego, los metales, etc. Pero seríamos otra cosa, otra especie. Nuestra evolución está ligada a la evolución de un planeta —y del universo— y simplemente no hay forma de dejar de influir en él sin dejar de ser nosotras mismas. Y quizás lo más importante: no vamos a hacerlo.

No sé si hay alguna consciencia en la combustión de hidrógeno en helio en el motor del sol, pero sé que hay una conciencia en mí que me permite darme cuenta de lo que hago, para qué lo hago y cuales son sus consecuencias. Y aquí es donde vuelvo a dar un giro —evitando el cinismo— y me recuerdo a mí mismo que esa conciencia es una valiosa aliada para vivir una vida con intención y aprovechar mis días y mis posibilidades con un propósito. Éste es, para mí, mi desarrollo como ser humano y el de mis semejantes, así como de la vida que me rodea.

Siento la responsabilidad ambiental de intentar causar el menor impacto posible en nuestro hogar. Y a la vez siento el impulso de aprovechar el desarrollo material y tecnológico a mi disposición para poner mi granito de arena en la continuación de este crecimiento en otras direcciones. Si viviendo inmerso en esta sociedad no hiciera uso de la tecnología ni del consumo de energía a mi alcance para crear y aportar algo de valor a los demás, siento que viviría aislado y desaprovecharía una oportunidad irrepetible. El planeta Tierra y la vida que alberga en su superficie es una maravilla que ha sido posible gracias a la evolución y no tiene sentido intentar detener la evolución como tampoco lo tiene desperdiciar esta maravilla.

Creo que esta postura es compartida por bastantes más personas y soy consciente de que esto no significa que todas lo llevemos a la práctica de igual forma. Así que lo primero es mostrar mi respeto a quien que se esfuerza por encontrar el equilibrio entre uno y otro polo con su propio criterio. Yo personalmente intento consumir de forma responsable, reducir todo lo que me resulta superficial, compartir todo lo que me es posible y hacer todo esto con la intención de crecer yo mismo como persona y aportar lo que tenga para que los demás también puedan hacerlo. Si reducir mi consumo de bienes o de energía llega a un punto que empeora mis posibilidades y las posibilidades de los demás de crecimiento, es que ha llegado el momento de replantearme algo.

Nota: Para más información sobre consumo responsable puedes visitar estos dos sitios webs totalmente recomendables:
Animal de Isla (Mariana Matija)
Vivir sin Plástico (Patri y Fer)

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